Arqueología cinematográfica

por felixpons

En los últimos años ha habido una gran cantidad de descubrimientos de películas que se pensaban desaparecidas o en tan mal estado que su visionado era del todo deficiente. Estamos ante uno de los retos más acuciantes del llamado “Séptimo Arte” ya que los expertos ven como por culpa de la volatilidad del nitrato, el soporte original de las películas, queda cada vez menos tiempo para encontrar nuevos tesoros escondidos. Según el historiador Román Gubern más del 90% de las películas estadounidenses mudas se han perdido, y del 50% del cine español de esa época no quedan apenas más que fragmentos o títulos de filmes. Fuera de las filmotecas estatales apenas nadie se ha preocupado por su conservación ni se ha tenido conciencia de su valor artístico e histórico. Sin embargo, en los últimos años las cosas han dado un giro inesperado. Algunas de las razones podrían ser: las subastas en Internet, que han otorgado un valor económico a aquellas viejas latas que se encontraron en el desván de la abuela, y los lanzamientos en DVD que multiplican el ansía del cinéfilo por saber más y así poder comparar las diversas versiones de un mismo título (en el cine mudo es muy frecuente que haya de una misma película varias copias muy distintas en montaje, planos y duración).

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El premio gordo de estos descubrimientos, que he catalogado como arqueológicos, la recuperación de Metropolis (1927); fruto del trabajo del historiador y restaurador argentino Fernando Martín Peña, que en 2008 descubrió la copia más larga del mítico filme de ciencia-ficción de Fritz Lang. Ahora en 2013, ha vuelto a sonreírle la buena estrella y ha vuelto a encontrar otro tesoro, aunque de importancia un escalón por debajo de la película teutona; es una versión nueva de un corto de Buster Keaton de cerca de 19 minutos, El herrero, fechada en 1922, pocos años antes de rodar sus obras maestras  Las tres edades, El héroe del río, El maquinista de la General o El moderno Sherlock Holmes. Esto hace de la Filmoteca Argentina una de las máximas instituciones a la hora de descubrir y preservar obras cinematográficas que estaban “desaparecidas en combate”.

En los últimos meses se han sumado las apariciones de Too much Johnson, una comedia muda de Orson Welles (de cerca 40 minutos divididos en tres partes que se proyectaban como prólogos de los tres actos de la obra de teatro homónima) que apareció en la ciudad italiana de Pordenone, donde curiosamente hay el mejor festival que se hace en Europa dedicado al cine mudo. Y también Fear and Desire (1953), la primera obra de Stanley Kubrick, que ha sido completamente restaurada a través de los negativos encontrados hace unos años en un laboratorio cinematográfico de Puerto Rico. Gracias a estos negativos, la película con la que se inició una de las carreras más brillantes de la historia del cine podrá ser distribuida para todo el público como nunca antes (actualmente ya está a la venta en nuestro país y antes sólo podíamos encontrar en la red copias de baja calidad).

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Esteve Riambau comentó hace unos días en uno de los coloquios organizados por la institución que él preside (la Filmoteca de Catalunya) que “queda muy poco tiempo y mucho por hacer. La explosión de este interés viene motivada por la venta de ejemplares en DVD. Si la llegada de la televisión hizo que los archivos de los grandes estudios se revalorizaran –había una nueva ventana de emisión con necesidad de contenidos y en España esto ocurrió con la llegada de las cadenas privadas-, el DVD ha dado un valor añadido. El coleccionista quiere más y mejor, lo que hace crecer las búsquedas y el valor de este material fílmico”. Además opinaba que “una cosa que he aprendido con los años es que nunca debes dejar una lata sin abrir. Otro problema es que hace falta gente que sepa tanto manejar el material fílmico (restauradores) como conocer su valor histórico y artístico (estudiosos): muy pocos son expertos en ambos campos”,

El celuloide de esa época se desintegra, el tiempo se acaba y hay un trabajo ingente a la búsqueda de esas obras de arte desaparecidas. Lo que si hay que tener claro es que las instituciones estatales han de destinar todos sus esfuerzos posibles, tanto humanos como económicos, para que una parte de nuestro legado cultural no se pierda para siempre entre la marabunta de latas que hay apiladas en los almacenes en cada centros o filmotecas de infinidades de países. El tic-tac del reloj de la destrucción del cine no para de correr, entre todos hay que pararlo.

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