¿Y tú de quién eres?

por felixpons

La pregunta que encabeza esta entrada del blog es una de las más comunes. Sirve para todo, para política… ¿eres de Rajoy o de Rubalcaba?; deportes… ¿de Messi o de Cristiano?; cine… ¿de Almodóvar o Amenabar?… ¿y tú de quien eres?.

En el siglo XVIII, en el campo de la novedosa teoría sobre la  restauración arquitectónica era una pregunta que posiblemente también se harían entre los profesionales de este campo; había dos bandos, dos concepciones de ver y enfrentarse a la obra a restaurar. Eran los encabezados por el francés Viollet-le-Duc o por su “archienemigo” el inglés Ruskin. Cada arquitecto tenía que tomar partido, seguir las líneas maestras del alma Mater del tipo de restauración que se quería hacer en los edificios.  Por lo tanto me imagino a esos susodichos arquitectos, en sus despachos o centros de reunión aclarando desde los primeros momentos… ¿y tú de quien eres, “violletiano” o “ruskiniano”?.

El tema de la restauración, el monumento y su protección ha ido atravesando diferentes épocas a lo largo de la historia con diversos puntos de vista. La primera organización que trabajó en torno al tema de la restauración vendría a través de la Sociedad para la Protección de Edificios Antiguos del Reino Unido. Se trataba de un colectivo muy influenciado por la importante figura de John Ruskin (aunque la sociedad fue fundada en 1877 por William Morris).

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Durante el mismo período, en la vecina Francia, Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879) seguía una fuerte actividad conservadora, aunque con teorías del todo divergentes de las que sustentaba Ruskin. Le-Duc, arquitecto y teórico al que muchos consideran el primer restaurador, se dedico a completar obras inconclusas de la época. Su intenso estudio de la arquitectura gótica le permitía, según él, intuir cuales serían las intenciones de los arquitectos que por diversas razones no habían podido concluir sus obras arquitectónicas. En sus teorías defendía que el restaurador debía ponerse en la piel del arquitecto-creador primitivo; así pues, entender el espíritu de la obra y aplicarlo a la reconstrucción de la misma. Era ante todo un intento de devolver al edificio su forma original, pristina. Proclamó la “unidad de estilo”, que perseguía resaltar los aspectos medievales del edificio intervenido, lo cual obligaba a eliminar, o al menos alterar, los elementos secundarios añadidos con posterioridad (hechos habitualmente en el período renacentista, barroco o neoclásico). Lo cierto es que en muchas ocasiones las intervenciones “violletianas” provocaron la desaparición de las huellas que señalaban el paso del tiempo en el edificio. Por eso muchos teóricos de la época no consideraban a le-Duc como un auténtico conservador o trabajador sobre el patrimonio, ya que consideraban que sus intervenciones no eran más que un engaño para esos ojos no entendidos en la materia. A Le-Duc se le achacó cierta falta de rigor histórico al buscar una recuperación idealizada del edificio, añadiendo incluso partes que nunca habían existido. Sin embargo el arquitecto francés tuvo gran influencia por toda Europa, donde se crearon grandes e importantes escuelas restauradoras bajos sus tesis.

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El principal pensador que sustentaba las tesis contrarias a le-Duc era John Ruskin (1819-1900), que defendía ante todo la conservación frente a la restauración. Representó en sus escritos la conciencia romántica, moralista y siempre en defensa de la autenticidad histórica. Para Ruskin, la vida de un edificio era como la de un ser vivo: nacía, vivía y moría. Restaurar un monumento era destruirlo, crear falsas copias e imitaciones; admitía el inglés como única operación la conservación para evitar la ruina total. El arquitecto inglés puso en duda el concepto de “estética” que ejemplificaba la figura de le-Duc, para dar él un nuevo concepto para la ruina, que era ahora la protagonista. El arquitecto inglés no se planteaba la belleza de lo que había sido sino de lo que ahora era: un paisaje abandonado donde la arquitectura yacía moribunda pero como algo muy evocador y que daría pie a un sinfín de inspiradoras obras gracias a ella (los literatos vagaban entre las piedras y se inspiraban en ellas, dando cuerpo a grandes obras).

Para finalizar decir que la visión romántica de la ruina de Ruskin no fue tan exitosa inicialmente como el trabajo de Viollet-le-Duc, pero posteriormente ganó seguidores tan importantes como Camilo Boito o Gustavo Giovannoni, inspiradores de la Carta de Atenas (punto de partida de nuevos conceptos para la restauración y auténtica Biblia de este campo).

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