Graffiti, la calle es nuestra

por felixpons

En estas últimas semanas de clase hemos estudiado cómo se van haciendo las leyes del patrimonio, qué es lo que se ha de conservar, quien y cómo han de tratar de restaurar las obras de arte que han sido destruidas o con desperfectos. Pero ha sido una mirada a aquellas obras de arte más “institucionalizadas”, aquellas que están localizadas en museos, galerías,… pero hay otro arte que está envolviéndonos cada día, en cada momento que salimos a la calle. Me refiero al arte del graffiti, de una pintura mural contemporánea expuesta en cualquier lugar de nuestra ciudad. Aquí a la hora de conservar o restaurar estas obras diría que es “una jungla” o el “salvaje oeste” ya que no hay ninguna regla que haga que una obra no sea pasto de la destrucción. Primeramente, no hay conciencia para mucha gente de que sea arte lo que se está haciendo. Luego se persigue a muchos artistas como si fueran delincuentes, cuando lo que están creando es un arte tan completo y legítimo como aquél que ha entrado en los cauces del mercado del arte. Mientras unos dicen que son auténticas porquerías, ensuciando las pulcras paredes, otros vemos auténtico arte, ARTE, que es difícil de encontrar muchas veces dentro de las cuatro paredes del académico museo.

Yo lo tengo clarísimo, apoyo al cien por cien estas expresiones artísticas; encuentro que son la expresión de nuestro momento, de rabiosa actualidad, que dotan de cercanía al creador y al conjunto de espectadores/ciudadanos. Siempre, lo primero que hago cuando visito una ciudad, después de dejar las maletas en el hotel,  es pasear por sus calles, recorrer sus lugares, a la búsqueda y captura del arte de la calle, el arte urbano. A lo largo de los años he ido acaparando cientos de fotos sobre eso que llaman “graffiti”, dibujos y firmas acumulados sobre las paredes de los edificios. Nuestras ciudades se han convertido en museos gratuitos al aire libre, en espacios ganados a la simple capa uniforme de esos monótonos ladrillos.

El término está tomado del italiano, graffiti, plural de graffito, que significa ‘marca o inscripción hecha rascando o rayando un muro’ y así llaman los arqueólogos a las inscripciones espontáneas que han quedado en las paredes desde los tiempos lejanos del Imperio romano. Entre los romanos estaba muy extendido el hábito de una escritura ocasional sobre muros y columnas y se han encontrado múltiples inscripciones que abarcan consignas políticas, insultos, declaraciones de amor, caricaturas y dibujos. Fue Raffaele Garrucci, arqueólogo italiano, quien pregonó el término a mitad del siglo XIX.

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En los Estados Unidos, a mediados de siglo XX, aparecieron en ciudades como Filadelfia y Nueva York una serie de autores que se dedicaban a firmar su nombre de guerra en cualquier espacio público (El ejemplo más significativo y conocido de todos fue “Taki 183”). También grupos de grafiteros tejían su camino con lemas políticos que reflejaban un cierto cambio social de la nación. El signo de la paz era seguramente uno de los más garabateados. En referencia a la caligrafía, en principio se utilizaba una bastante legible, hasta la llegada a Nueva York de un graffitero de Filadelfia llamado Top Cat, quien escribía su nombre en letras finas y alargadas muy juntas. Eran difíciles de entender, pero precisamente esto las hacía destacar de las demás y llamaban la atención del resto, por lo que un gran número de escritores de Manhattan adoptaron su estilo y lo bautizaron como “Broadway Elegant”.  Con el tiempo cada escritor optó por la creación de su propio estilo. A finales de los setenta, el graffiti alcanzóa sus cotas más altas de éxito con la incorporación de imágenes de la iconografía popular tales como personajes de cómic o dibujos animados, e incluso retratos y autorretratos en forma de caricatura. Con la incorporación de estas imágenes aparecen en escena las complejas master pieces (piezas maestras), que además de hacer distinguir a los grandes maestros de los principiantes, amplían de manera considerable el tamaño de las obras, uno de los máximos exponentes es Keith Haring, activista social cuyo faena reflejaba el espíritu más libre y pop de la cultura callejera neoyorquina de los años 80.

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La explosión a mediados de los ochenta del movimiento hip-hop reaviva la llama de la neoyorkina cultura del writing. Esto anima de nuevo a los adolescentes. Todos quieren ser b-boys (seguidores del hip-hop). Los escritores acompañados ahora por los breakers (bailarines de breakdance) y los Mc’s (cantantes de rap), están otra vez en la primera fila del arte callejero. En Europa el graffiti viene acompañado primeramente de la mano del Hip-Hop (con el break-dance y el rap); empiezan las giras de escritores americanos por el viejo continente y así como las de europeos por la meca del graffiti, donde este arte se va adueñando e instalándose en las calles, apropiándose de las paredes, las canchas de deporte de la ciudad,… Hay un “boom” en todos los países occidentales y la calle se convierte en un museo más, donde los jóvenes (y no tanto) se lanzan a reflejar sus actitudes frente a un muro en blanco. En estos años se populariza otra manera de trabajar, la cual consiste en hacer plantillas para luego pintar más fácilmente encima suya. Surgen “estrellas” como Frank Shepard Fairey (OBEY), Xavier Prou (o Blek le Rat), Bloo and Titi, John Fekner, Mobstry, el colectivo 3Dom y el más controvertido de todos (con sus numerosos adeptos y detractores dentro del mundillo callejero) como es el “enigmático” Banksy. Todos ellos hacen en público lo que muchos artistas aún no se atreven en las galerías: disipan la ambigüedad nombrando sus certeras visiones, sus valientes puntos de vista de nuestra sociedad. Lástima que muchas veces estas obras de arte acaben siendo maltratadas o destruidas sin ningún reparo. A mi entender, salvar el graffiti es amparar parte de las mejores inquietudes artísticas de estos últimos decenios.

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